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Los hinchas rompieron a llorar, esta vez de alegría. La televisión los mostraba atiborrados de regocijo. En aquel instante sentí cómo aquella opresiva amargura, tendida sobre nosotros desde aquel fatídico domingo de diciembre del 2010, nuestro aciago descenso al infierno, llegaba a su fin. Me brotó un nudo en la garganta. Me di cuenta que la vida está construida por aquellos instantes de eternidad que le dan sentido. Por eso me aferré a que ese instante sea perenne. Me abracé al televisor, con fuerza. Las lágrimas se convertían en sonrisas. Mientras los hinchas en aquella noche otoñal, fría en la Capital, arengaban a todo dar: “Dale rojo, Dale rojo…”. Nos estábamos redimiendo. La pesadilla se terminaba.

Como si fuera parte de una ironía del destino, si con un gol nos fuimos al infierno, con otro -de un tal Juan Carlos Ojeda, casi un desconocido hasta que ese gol instalara su nombre en la historia (gloriosa) del club aviador- estábamos regresando. El gol no solo es el logró máximo del fútbol; sino el depositario de las alegrías máximas de la vida. Es sublime, capaz de sintetizar por igual el gozo y la amargura. Es alcanzar el paroxismo, lo excelso. Por eso cuando Ojeda marcaba ese gol, estaba trazando el camino de la redención. El fútbol desata pasiones subversoras, por algo se alimenta de locuras. El loco, ese personaje entrañable, solo puede soñar más allá de lo permitido. Por eso solo el “Loco” Soria estaba predestinado para llevarnos al éxtasis. Ese loco que tuvo que lidiar contra todos los molinos. Ese loco que, a diferencia del sabio y monástico Bielsa, que traza una fenomenología del fútbol pero ya no gana nada, despacha ira y karatazos emputados mientras lo gana todo. Antes atajando penales para erigirnos en la cúspide del fútbol boliviano, luego en su primera experiencia como DT para regalarnos un título inexorable. Y hoy para arrancarnos, como si fuera la encarnación de Prometeo, del infierno, para arrimarnos al purgatorio y finalmente para alcanzar el cielo con las manos. Ser campeón se merece, ascender de categoría se sufre. Nadie sabe eso mejor que el “Loco” Soria y su páncreas que casi explotó en la vuelta del indirecto.

Desde hace un tiempo atrás, desde los desatinos de los dirigentes aviadores más bien, hemos oscilado entre el purgatorio y el infierno. Siempre más cerca de este último, el cielo se convertía en una verdadera utopía aunque hayamos ganado una o dos copas. Por eso hemos sentido en carne propia el olor del azufre infernal. Eso que era impensable para un equipo de la envergadura del Wilster: el descenso. Fue un cataclismo. La página más aciaga de nuestra historia. Este tránsito por los recovecos del descenso fue lo más triste y angustioso que tuvimos que soportar, pienso que hidalgamente, los hinchas. No solo en lo futbolístico; sino también en lo humano. En esta estadía por el infierno, como si fuera parte de una trampa del destino, el mayor emblema de nuestro equipo –el entrañable Otito Novillo– se nos fue, cansado de vivir en este infierno y con el dolor a cuestas, listo para ascender a la eternidad, al cielo. Por esta razón el utilero del Wilster, el querido “Banana”, levantó un collage de fotos de Otito en el césped del estadio chuquisaqueño en dirección al cielo, y con las lágrimas que inundaba su rostro, le dedicó el logro a Otto. En el vestuario rojo se leía un letrero: “OTITO, ahora si puedes descansar en PAZ”. Por eso es que muchos de los jugadores se lo dedicaba a él y también a Oliver Fernández, ese novel jugador que llegó imbuido al club de la misma esperanza de todos sus compañeros (volver a la liga), encontró tempranamente truncada su vida.

Cuando descendimos escribí: “en un cerrar de ojos, como el Ave Fénix, volveríamos a la liga”. Fue así pero nunca supuse que iba a ser una vía crucis. Posiblemente, por esta razón el Cóndor Machado, en señal de agradecimiento después de haber logrado el propósito de retornar a la liga, se desplazaba de rodillas por el césped del estadio Patria. Su gesto encarnaba esa gratitud, esa felicidad inconmensurable que ni siquiera se equiparaba a aquella noche que jugó la final de la Copa Sudamericana en la mismísima y mítica Bombonera. El Cóndor renunció jugar en primera, un espacio que le había dado la espalda también a él, y como si fuera un Sísifo del fútbol en búsqueda de esa justicia que anhelábamos todos los wilstermannistas, se unió al proyecto y persistió lidiando con los avatares de nuestro retorno a la liga, con la fe intacta. Qué decir de nuestro mariscal: el insuperable Marcelo Carballo, ese wilstermannista de pura cepa, que habría dejado el fútbol un año, ya en el ocaso de su vida futbolística, y casi desafiando a su propio cuerpo se puso al servicio de su club. Con un gran corazón rojo, Carballo se ponía nuevamente la casaca roja y cada vez que se ataba sus cachos soñaba con el retorno. El eterno retorno, dirían los griegos. Efectivamente, este retorno a la liga parecería ser una trama griega escrita por Homero: una Odisea infernal.

¿Y los hinchas? En la Argentina los hinchas de River y los wilstermannistas se han identificado, por compartir parecidos destinos: un grande lidiando en el infierno. Sin embargo, los argentinos no se quieren ni imaginar jugar los partidos de la promoción (aquí en Bolivia diríamos los partidos del descenso indirecto) porque les aterrorizan, no son aptos para cardiacos. Se debe tener mucha templanza para soportar tanta agonía. Por eso va un reconocimiento inexcusable a esas siete mil almas de hinchas aviadores que viajaron desde la Llajta en busca del cielo en una noche fría que presagiaba el invierno duro que se viene, que aguantaron un soplo de viento que helaba hasta los huesos, para colmar las gradas del estadio chuquisaqueño. Esos hinchas estoicos, con sus caras pintadas, ataviados de rojo y atiborrados de banderas “color sangre”, veían cara a cara el horror, pero también tenían frente suyo la hechura del milagro: el retorno a la liga.

Y los que nos quedamos en Cochabamba con la esperanza viva en el festejo post partido en El Prado, un espacio festivo y abigarrado donde las diferencias sociales y hasta raciales se esfuman a ratos, y (casi) todos nos abrazamos y nos decimos mutuamente: “Se acabó la pesadilla”. Y allí me encontré con un entrañable amigo wilstermannista, Jorge Meruvia. Le comenté que iba a escribir una crónica de esta nuestra hazaña aviadora y al llegar a casa después de festejar como un loco me encontré en la computadora con este mensaje que sintetiza el sentimiento del hincha aviador, y que me permito hacer público:

“Mi estimado Yuri: Qué bueno ha sido encontrarte hace un rato caminando por El Prado con esa sonrisa que esboza nuestra más sencilla alegría. Viejo, te acuerdas hace un año y medio, cuando te encontré mirando al vacío en un parque tratando de entender, de asimilar ese descenso eminente. Ahí me abrí, rompí en lágrimas y te conté que lo único que me conmovió fue las lágrimas de una señora que dramáticamente soltó su canasta de empanadas para secarse las lágrimas de tristeza, en su gastado mandil. Vaya a saber uno si fueron por el equipo o por su sustento perdido. Ha pasado el tiempo, soy un profesional de la Comunicación que no ejerce su carrera, pero que se rompe el lomo laburando para sostener a su familia. Tu sabes bien quién es mi familia; la Melina, yo y ahora un chi’iti llamado Sebastián que viene al mundo a finales de septiembre de este año, que será uno más que engrose las filas de esos masoquistas enamorados por el rojo y azul. Te escribo porque yo se que tu vas a escribir para la Ramona y quisiera que le dediques ese artículo a mi hijo, Sebastian Meruvia Urquidi, que en vez de ser estimulado por Mozart en sus primeros meses, ha sido expuesto a este sentimiento tan lindo que compartimos: ser wilstermanista. Estoy escribiendo una crónica de su primer partido del rojo. Ese que a puro huevo ganamos para forzar este de Sucre, que ganamos! Espero que me hagas este gran favor que te será eternamente agradecido por la importancia que conlleva ser wilstermanista y más aún ser hijo de uno. Te agradecemos de corazón Yo, Jorge, Melina y el más amado y querido Sebastián!!!!”

Mi respuesta a Jorge fue que la dedicatoria está dirigida a varios wilstermannistas, en primer lugar al entrañable Otito, a su hijo Sebastián Meruvia Urquidi y también a mi sobrino Benji de seis años, que a pesar de estar enfermo, agarrado de la mano de su papá que es otro fiel aviador, fue a la fuente de agua de El Prado de La Paz donde se encontraron con un puñado de wilstermannistas, como si fueran unos trastornados de alegría y desafiando al frio paceño, reencarnando ese sentimiento inconmensurable del sentimiento wilstermanistas posiblemente cantaban la canción Fito Páez: “Y dale alegría, alegría a mi corazón/Es lo único que te pido al menos hoy/Y dale alegría/ alegría a mi corazón/Afuera se irán la pena y el dolor”.

yuritorrez@yahoo.es

“Ya volvimos”

La RAMONA invitó a dos de sus colaboradores e hinchas de Wilstermann a que cuenten su experiencia en Sucre. Acá algunos fragmentos:

Daniel Camacho Barrancos

Cerca de 7 mil hinchas de Wilstermann atravesamos un calvario para poder ver el retorno de nuestro equipo a la Liga. Llegamos a Sucre después 12 horas de viaje en flota por las frías carreteras del occidente. Niños, jóvenes, adultos y ancianos, hombres y mujeres compartieron una ilusión, la de ver a su equipo ganar. La pasión de un pueblo se vio enteramente reflejada desde la noche del 29 de marzo, cuando se inició la caravana de los cerca a 25 buses que partieron hacia el estadio Patria, soportando las incomodidades, frío, hambre y un nerviosismo. (…)

Pero el segundo tiempo fue otra la historia, parece que nuestro querido DT Mauricio Soria, luego de mentarles la madre a los jugadores, como es costumbre suya, les arengó de tal manera que saltaron al escenario como verdaderos hombres, defendiendo lo que es suyo, con coraje y decisión (…).

El héroe de la noche, Juana Carlos Ojeda, a los 69 minutos, a pase de Carlos Vargas y tras una jugada excepcional, hinchó las redes del arco de Guabirá, haciendo estallar de alegría a la hinchada aviadora. (…).

Empezaron los cantos de alegría y las lágrimas de los hinchas cayeron nuevamente, esta vez de felicidad. Los celulares comenzaron a sonar, la gente contestaba llorando y riendo a la vez: “Ya volvimos” (…).

Retornamos felices pero atravesando una suerte de peripecias (casi se nos acaba el diesel, se nos encunetó el bus y casi nos volcamos, tuvimos que continuar en camión). Como me dijo alguien allí, todo se aguanta por el equipo (…).

“Regresó un grande”

Paola Pérez Aranibar

La curva sur del Patria estallaba de alegría porque se conseguía el objetivo. En medio de lágrimas se coreaba un “Dale rojo, y dale, dale rojo”, sin embargo aún faltaban 20 minutos que podían cambiar el resultado (…).

Los últimos minutos fueron una agonía, un suplicio. A pesar de los intentos de contraataque del adversario, los montereros no lograron empatar el marcador. En medio de la euforia, el equipo cruceño perdía la categoría y Wilstermann retornaba a la Liga, de donde nunca debió salir (…).

Solo queda pensar en el futuro, en no volver a pasar por esa amarga experiencia del descenso. Volvió la alegría a Cochabamba, regresó un grande (…).

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Por Aviador

5 comentarios en «Como el Ave Fénix: volvimos a la liga»
  1. Hermosas palabras, describe toda la pasión de un verdadero hinchas del Fénix Aviador sintió en el año y medio de infierno que nos toco vivir, lo bueno es que ya volvimos al sitio que nos merecemos y que nunca debimos haber perdido, todos tenemos que estar consientes que debemos apoyar al equipo para que nunca más volvamos a vivir en el infierno.

    VIVA EL FÉNIX AVIADOR

  2. Impresionante la categoria que tienes para escribir, Muchos periodistas ya quisieran tener al arte que tienes, por ejemplo el de los tiempos que es penoso los reportajes que escribe. Felicidades por el articulo¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ sigue adelante y no dejes de publicar para que siguamos disfrutando de la buena lectura……………………….

  3. Felicidades por este Tremendo Articulo, creo q refleja en toda forma lo q pasamos en carne propia todos los Amantes de este equipo

Los comentarios están cerrados.