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Opinion

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A la cola del ranking sudamericano en el negocio del fútbol, Bolivia se debate en una crisis que no vislumbra salida, en medio del caos donde todos tienen la palabra, ninguno la autoridad para enmendar el camino.

Los dirigentes tienen su competencia, en el cálculo de artimañas para favorecer a sus clubes, asociaciones o generalmente buscando el beneficio personal; el fútbol es su pretexto, rehén, víctima, objeto, artificio, motivo de vida.

Tienen en las manos una empresa que no saben manejar por impericia, no son idóneos para mejorar el nivel del fútbol, protagonistas de la chacota que causa la indignación de los aficionados que tampoco pueden hacer nada ante el triste espectáculo.

Ellos saben que los miramos pero ni se inmutan, porque el cinismo es su carta de presentación, precautelando sus intereses en juego.

Impusieron horarios inadecuados, con el pretexto de la televisión que les reporta migajas, no hacen nada para mejorar el arbitraje siempre cuestionado.

Si con la liga estaba mal, con la nueva división profesional está peor, alejando cada vez más de los estadios a los aficionados.

La irresponsabilidad de los directivos no tiene límites, ofrecen lo que no pueden cumplir y los jugadores solo defienden sus derechos, pero desconocen sus obligaciones.

Vamos como el cangrejo para atrás, la población aumentó en los últimos 30 años, pero hablando del clásico nacional que se juega el domingo a las 17:15 ¡aleluya! que llegó a albergar 35 mil personas en el estadio Sudamericano “Félix Capriles”, ahora ponen a la venta solo 21.000 entradas.

Aurora, “Equipo del Pueblo”, en la cornisa con un manejo errático familiar, se va a jugar el torneo profesional a más de 200 kilómetros de su complejo, como antes al trópico, dividiendo opiniones a favor y en contra.

Todos están en su laberinto, denunciando sobornos, impugnando la actuación irregular de jugadores, incumplimiento de convenios, etc.

El fútbol está de mal en peor, es un barco a la deriva, sin capitán y una tripulación que solo piensa en salvarse como pueda.

Con este panorama sombrío, del que solo somos espectadores, no queda otra que ver de gradería, criticar lo que corresponda y elogiar si surge algo bueno, como el sueño de Wilstermann para construir su propio estadio. ¿Pero dónde y cuándo?

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